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Francisco Javier Romero / frromero@mureche.net :::::::::::

Ojos de niño  
A mi tía Pancha

Mi "Tía-Pancha" vivía en Tacarigua, el pueblito de Mureche. Mi tía Pancha en realidad era mi abuela, la mamá de mi papá, pero cuando uno siendo niño empieza a hablar, nombra a las personas y a las cosas como uno quiere, así que en vez de decirle abuela o abuela Francisca, pues yo le puse tía Pancha.

Era una mujer singular, y les voy a decir como la recuerdo yo. Le gustaba mucho regalarme caramelos, que guardaba en un cuarto casi siempre cerrado, lo cual avivaba mi imaginación: pensaba que quizá un monstruo o alguna criatura extraña vivía allí y que mi tía Pancha era la única con el valor suficiente de enfrentarlo para llevarle a su nieto más querido -o sea yo- un dulce regalo.

A mi abuela, perdón, a mi tía Pancha le fascinaban las loterías, los números y la interpretación de lo que ella llamaba "animalitos". Los "animalitos" eran simplemente pedazos de vasos plásticos quemados que al fundirse y quedar convertidos en una masa negra, pues presentaban una forma absolutamente deforme, allí era donde la sagacidad de mi tía Pancha se hacía presente para lograr darle a aquello, alguna forma animal. Ella podía encontrar un perro, un conejo, incluso un caimán, en esos pedazos retorcidos y amorfos.

Así, rauda y veloz, salía a jugar en la lotería de los animalitos el espécimen que había encontrado en los vasos quemados. Nunca supe a ciencia cierta cuál era su técnica, pero de vez en cuando -y quizá no por casualidades de la vida- ella acertaba con su predicción.

Mi tía Pancha me quería muchísimo y así me lo hizo sentir, a veces la veía mirarme con gran ternura. Y notaba esa ternura cada vez que me hacía una torreja o me preparaba una sopa de pollo. Una vez me dijo que yo era igualito a mi papá cuando niño (tendría yo unos 11 años) y sonrió.

También la recuerdo alimentándome, recuerdo claramente que ella me hacía "bollitos de pescado", pero a la manera más tradicional que podía haber: tomaba la masa de una arepa ya lista, y "envolvía" un pedacito de pescado con ella, así tenía un rico bocadillo que me daba en la boca una y otra vez hasta que terminaba de comerme todo el pescado. Esos bollitos de pescado únicamente eran igualados, pues por los "bollitos de pollo".

Ella era pobre, humilde, típica viejita de pueblo que incluso vivía en una casa de bahareque (la cual hoy en día está dando paso a la nueva casa de mi tía Ana); pero junto a ella, junto a mi "tía Pancha" nunca sentí que me faltara nada.

Hay varias cosas que lamento sin embargo, cosas que al haber crecido me traen un poco de dolor y nostalgia: el no haber tenido más tiempo para compartir con ella, el que mis hermanos la conocieran poco o casi nada, y el que ella y mi mamá no se entendieran muy bien, pero esa ya es otra historia.

Una vez le pregunté -ya en sus últimos días y adolescente yo- como prefería que la llamara: "abuela" o "tía Pancha", la respuesta era obvia, así que me olvidé definitivamente de volverla a llamar "abuela".

Hoy la pienso y en mis ojos de niño siempre quedará el recuerdo imborrable de aquella persona que jugaba la lotería de animalitos, que me daba mis bollitos de pescado y que siempre tenía para mí un caramelo y una mirada repleta de cariño. ●

PD: Le debo una "mirada de niño" a mis abuelos Luisa y José, ellos siguen conmigo pero igualmente quiero que sepan que los quiero, y que mi infancia en San Tomé es una de las experiencias que más valoro y que de niño siempre fui feliz con ellos en aquel rinconcito de Anzoátegui.
 

 

 

 

 

 


“(...) pero junto a ella, junto a mi "tía Pancha" nunca sentí que me faltara nada”


 

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