A mi tía Pancha
Mi "Tía-Pancha" vivía en Tacarigua, el pueblito de Mureche. Mi tía
Pancha en realidad era mi abuela, la mamá de mi papá, pero cuando
uno siendo niño empieza a hablar, nombra a las personas y a las cosas
como uno quiere, así que en vez de decirle abuela o abuela
Francisca, pues yo le puse tía Pancha.
Era una mujer singular, y les voy a decir como la recuerdo yo. Le
gustaba mucho regalarme caramelos, que guardaba en un cuarto casi
siempre cerrado, lo cual avivaba mi imaginación: pensaba que quizá
un monstruo o alguna criatura extraña vivía allí y que mi tía Pancha
era la única con el valor suficiente de enfrentarlo para llevarle a
su nieto más querido -o sea yo- un dulce regalo.
A mi abuela, perdón, a mi tía Pancha le fascinaban las loterías, los
números y la interpretación de lo que ella llamaba "animalitos". Los
"animalitos" eran simplemente pedazos de vasos plásticos quemados
que al fundirse y quedar convertidos en una masa negra, pues
presentaban una forma absolutamente deforme, allí era donde la
sagacidad de mi tía Pancha se hacía presente para lograr darle a
aquello, alguna forma animal. Ella podía encontrar un perro, un
conejo, incluso un caimán, en esos pedazos retorcidos y amorfos.
Así, rauda y veloz, salía a jugar en la lotería de los animalitos el
espécimen que había encontrado en los vasos quemados. Nunca supe a
ciencia cierta cuál era su técnica, pero de vez en cuando -y quizá
no por casualidades de la vida- ella acertaba con su predicción.
Mi tía Pancha me quería muchísimo y así me lo hizo sentir, a veces
la veía mirarme con gran ternura. Y notaba esa ternura cada vez que
me hacía una torreja o me preparaba una sopa de pollo. Una vez me
dijo que yo era igualito a mi papá cuando niño (tendría yo unos 11
años) y sonrió.
También la recuerdo alimentándome, recuerdo claramente que ella me
hacía "bollitos de pescado", pero a la manera más tradicional que
podía haber: tomaba la masa de una arepa ya lista, y "envolvía" un
pedacito de pescado con ella, así tenía un rico bocadillo que me
daba en la boca una y otra vez hasta que terminaba de comerme todo
el pescado. Esos bollitos de pescado únicamente eran igualados, pues
por los "bollitos de pollo".
Ella era pobre, humilde, típica viejita de pueblo que incluso vivía
en una casa de bahareque (la cual hoy en día está dando paso a la
nueva casa de mi tía Ana); pero junto a ella, junto a mi "tía
Pancha" nunca sentí que me faltara nada.
Hay varias cosas que lamento sin embargo, cosas que al haber crecido
me traen un poco de dolor y nostalgia: el no haber tenido más tiempo
para compartir con ella, el que mis hermanos la conocieran poco o
casi nada, y el que ella y mi mamá no se entendieran muy bien, pero
esa ya es otra historia.
Una vez le pregunté -ya en sus últimos días y adolescente yo- como
prefería que la llamara: "abuela" o "tía Pancha", la respuesta era
obvia, así que me olvidé definitivamente de volverla a llamar
"abuela".
Hoy la pienso y en mis ojos de niño siempre quedará el recuerdo
imborrable de aquella persona que jugaba la lotería de animalitos,
que me daba mis bollitos de pescado y que siempre tenía para mí un
caramelo y una mirada repleta de cariño. ●
PD: Le debo una "mirada de niño" a mis abuelos Luisa y José,
ellos siguen conmigo pero igualmente quiero que sepan que los
quiero, y que mi infancia en San Tomé es una de las experiencias que
más valoro y que de niño siempre fui feliz con ellos en aquel
rinconcito de Anzoátegui. |
“(...) pero junto a ella, junto a mi "tía Pancha" nunca sentí que me
faltara nada”
|