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Ocarina Espinoza / oespinoza@la-cadena.com :::::::::::

Estreno  
Acomodé mis plumas, ya el bombillo rojo estaba colocado, el lugar había sido despejado, había suficientes espectadores, las coristas estaban listas, también maquilladas a más no poder, todas de acuerdo con mi protagonismo que era también el de ellas.

La música del primer piso se opacaba con la estridencia de la nuestra, abajo se había corrido el rumor de la presentación y se aglomeraban en la puerta pujando para poder subir; alguien organizaba a la multitud.

Divertidas sabíamos que como este estreno no tendríamos ninguno, con micrófono en mano yo, la de la voz, saldría con mi improvisado traje rojo; el colorido se acrecentaría con el resto de las chicas que iban de amarillo, violeta, fucsia, anaranjado, aquello era un carnaval de alegría. Había un presentador ¿de dónde habría sacado aquel traje?

Tules de colores nos servían de fondo, sillas para los invitados que llegaron primero, jugo, pasapalos, linternas para los espectadores que queríamos fueran parte del show.

Esa noche ocurrió que mi prima la mayor organizó al resto de las menores, para que, en un cumpleaños, saliéramos a cantar a familiares y amigos, fue la noche del gran estreno de mis primas y yo como actrices, cantantes y bailarinas.

La terraza fue convertida en escenario, los tules no eran más que sábanas de casa, los pasapalos robados de la fiesta de abajo, los trajes y el maquillaje lo conseguimos con el beneplácito de una consentidora tía. Pulseras, aretes, anillos, ligeros, tacones, perfumes, todo era un artificio para vernos grandes, bellas y artistas.

Los trajes nos quedaban enormes, los tacones ni hablar, el presentador tenía una corbata de un tío dueño de la casa. Formamos tal revuelo para presentarnos, nos lo tomamos tan en serio, que lo disfrutamos como ningún otro juego infantil. Después de todo era fingir a ser grandes que es lo mejor que se le puede ocurrir a un niño.

Jugar a ser estrellas nos dio la licencia para hacer todo lo que deseábamos desde pintarnos, usar abrigos, trajes de noche y plumas hasta brincar y gritar. Todos los padres henchidos daban por sentado el indiscutible talento de sus pequeños, aplaudían con entusiasmo y gritaban: ¡Qué noche, qué estreno!●
 

 

 

 

 

 


“(...) abajo se había corrido el rumor de la presentación y se aglomeraban en la puerta pujando para poder subir”


 

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