Acomodé mis plumas, ya el bombillo
rojo estaba colocado, el lugar había sido despejado, había
suficientes espectadores, las coristas estaban listas, también
maquilladas a más no poder, todas de acuerdo con mi protagonismo que
era también el de ellas.
La música del primer piso se opacaba con la estridencia de la
nuestra, abajo se había corrido el rumor de la presentación y se
aglomeraban en la puerta pujando para poder subir; alguien
organizaba a la multitud.
Divertidas sabíamos que como este estreno no tendríamos ninguno, con
micrófono en mano yo, la de la voz, saldría con mi improvisado traje
rojo; el colorido se acrecentaría con el resto de las chicas que
iban de amarillo, violeta, fucsia, anaranjado, aquello era un
carnaval de alegría. Había un presentador ¿de dónde habría sacado
aquel traje?
Tules de colores nos servían de fondo, sillas para los invitados que
llegaron primero, jugo, pasapalos, linternas para los espectadores
que queríamos fueran parte del show.
Esa noche ocurrió que mi prima la mayor organizó al resto de las
menores, para que, en un cumpleaños, saliéramos a cantar a
familiares y amigos, fue la noche del gran estreno de mis primas y
yo como actrices, cantantes y bailarinas.
La terraza fue convertida en escenario, los tules no eran más que
sábanas de casa, los pasapalos robados de la fiesta de abajo, los
trajes y el maquillaje lo conseguimos con el beneplácito de una
consentidora tía. Pulseras, aretes, anillos, ligeros, tacones,
perfumes, todo era un artificio para vernos grandes, bellas y
artistas.
Los trajes nos quedaban enormes, los tacones ni hablar, el
presentador tenía una corbata de un tío dueño de la casa. Formamos
tal revuelo para presentarnos, nos lo tomamos tan en serio, que lo
disfrutamos como ningún otro juego infantil. Después de todo era
fingir a ser grandes que es lo mejor que se le puede ocurrir a un
niño.
Jugar a ser estrellas nos dio la licencia para hacer todo lo que
deseábamos desde pintarnos, usar abrigos, trajes de noche y plumas
hasta brincar y gritar. Todos los padres henchidos daban por sentado
el indiscutible talento de sus pequeños, aplaudían con entusiasmo y
gritaban: ¡Qué noche, qué estreno!● |
“(...) abajo se había corrido el rumor de la presentación y se
aglomeraban en la puerta pujando para poder subir”
|