Estaba en
“preparatorio”, así que debía tener unos cinco o seis años. Los
recreos los hacíamos en un patio sombreado por una enorme mata de
mango, o al menos a esa edad me parecía que era un árbol descomunal.
Un día, bajo sus ramas, reuní a un grupo de amiguitos para
enseñarles mis poderes.
Coloqué una moneda de un bolívar, la cubrí con mi pañuelo especial y
pronuncié las palabras “abracadabra: que desaparezca este bolívar”.
Quité con un movimiento rápido el pañuelo, confiada en que mi truco
-mil veces ejecutado a la perfección- no podría fallarme ante aquel
selecto público.
Pero ocurrió lo inesperado. El bolívar no desapareció. Permaneció
allí inmutable, testarudo, debajo del pañuelo, a pesar de que
cerraba los ojos e invoqué con fuerza el sortilegio una y otra vez.
Mis amiguitos se aburrieron ante tan lamentable espectáculo y se
fueron a jugar a otra cosa, dejándome completamente intrigada de por
qué aquella vez no había funcionado mi truco. Nunca más lo volví a
intentar y sólo años después descubrí el penoso misterio de mi
pérdida de poderes.
Con mi madre solía jugar a que yo ejecutaba trucos. Nos sentábamos
en la cama, cubríamos una moneda con el pañuelo adecuado, decíamos
las palabras mágicas y al descubrirla, la moneda había desaparecido.
El acto no paraba allí. Volvía a cerrar los ojos, repetía el ritual
y de nuevo aparecía la moneda debajo del pañuelo.
Aquel juego lo hicimos miles de veces. Así pues estaba convencida de
que realmente tenía poderes sobrenaturales. Sólo la malicia que trae
inevitablemente la edad me reveló -con la nostalgia que da aquello
perdido para siempre- el secreto: era mi mamá, quien aprovechando
que yo cerraba los ojos, escondía la moneda y después la hacía
aparecer. Gracias a ella tuve poderes, fui mágica sin lugar a dudas.● |
“El bolívar no desapareció. Permaneció allí inmutable, testarudo,
debajo del pañuelo (...)”
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