Yo creo que el origen del cuento
es tan antiguo como el origen del lenguaje, por la sencilla razón de
que a la gente siempre le ha gustado narrar cosas e interesarse por
lo que le relatan. Entonces, no resulta descabellado imaginar a Eva
contándole cuentos a sus hijos Caín, Abel, Enoc y Set.
Así como el cuento es antiguo en la historia de la humanidad, lo es
en el desarrollo individual del ser humano. En efecto, por su
aparición temprana parecieran ser instintivos en el niño (aunque son
aprendidos) la atracción por el baile y el interés por escuchar
cuentos; si no, observen a un bebé cuando escucha música, miren a un
pequeñito cuando se va a acostar. Cuando una persona nos parece
rígida decimos: “no lo bailaron cuando era chiquito”, lo mismo
podríamos decir de alguien poco creativo: “no le echaron cuentos
cuando era chiquito”. Así reconocemos la influencia positiva de
ambas conductas.
Para mí ciertas frases son mágicas: “érase una vez”, “había una
vez”, “cuentan que un día” (“cuéntamelo todo”, decimos ahora). Ellas
nos preparan para escuchar algo emocionante, ingenioso, divertido.
Cuando era niña, yo tenía –al igual que todos los niños- una
fascinación especial por los cuentos. Me gustaba, junto con mis
siete hermanos, que mi mamá nos narrara cuentos, de esa manera
especial que ella tenía (y tiene) para hablar: sabroso, con
entusiasmo, generando interés.
Yo tenía preferencia por dos cuentos. Me gustaban tanto que pedía
que me los repitiera una y otra vez. “Porque el Ratón Pérez se cayó
en la olla y la Cucarachita Martínez lo siente y lo llora” era uno.
¿Lo recuerdan? El otro se refería al temor de un pollito a quien le
cayó encima algo y él pensó que era un trozo de cielo. Muy
preocupado, reunió a todos los animales narrándoles el hecho hasta
descubrir, finalmente, que lo que le había caído era la hoja de un
árbol. Tremenda enseñanza, ¿verdad?
Nunca he escrito un cuento infantil. Cuando lo haga incluiré -además
de otras cosas, obviamente- muchos coquitos, así como algunos
escritores incorporan chocolates y caramelos. De niña me gustaban
tanto esos dulces que ante la clásica pregunta: ¿qué quieres ser
cuando seas grande? respondía: “vendedora de coquitos” (creía que
así garantizaba que dispondría de ellos toda la vida). También:
“novelista famosa como Rómulo Gallegos” (de un tiempo acá estoy
haciendo algunos pininos en la escritura creativa pero lo que se me
da mejor es el relato y el ensayo); “periodista como mi papá” (él me
dijo lapidariamente: no hija, se va a morir de hambre. Aunque
extremadamente flaca, lo era más bien por aversión a la comida que
por carencia de ella); “bailarina de ballet clásico” (sólo alcancé a
vestirme dos veces en los carnavales con un traje de bailarina color
azul, de tul). Estaba en la etapa que los psicólogos llaman “de la
fantasía”.
No se me ocurre más nada que contarles así que, por lo pronto,
colorín coloráo, este cuento se ha termináo...● |
“Para mí ciertas frases son mágicas: 'érase una vez', 'había una
vez', 'cuentan que un día' ('cuéntamelo todo', decimos ahora)”
|