No sé ustedes, pero lo que soy yo,
pocas veces gusto de asomarme en la ventana de la niñez, salvo por
algún recuerdo feliz.
Cuando voy por mi casa de Vista Alegre, me asalta el recuerdo del
día que mi viejo me llevó por primera (y creo que única) vez al
kindergarten. Mi maestra era la señorita Carmen Hernández, una mujer
altísima, singularmente cariñosa, que además de las primeras letras
me enseñó lo relacionado con la "despedida final" con una palabreja
de seis letras: cáncer.
En otra ocasión papá estaba apuradísimo, tanto así, que me dejó un
billete de veinte bolívares. ¿Ustedes se imaginan a un chamito de
cinco años con tamaña fortuna? Era cuando el Bolívar valía algo y
compraba algo.
Yo llegué a mi mesa, aquella que bautizamos "Caramelo y chocolate"
por una canción de moda del Sexteto Juventud. ¡Cuál no sería mi
sorpresa al ver a todos mis compañeros llorando a moco tendido! A
todos, salvo a mí, se les había olvidado la contribución de un
bolívar que habían pedido para no sé qué cosa.
Me sentí como el grandeliga que decidió con jonrón en el noveno
inning y con las bases llenas, al sacar un billete de 10 para
rescatar la honra de mi mesa, de mis compañeros, de mis amigos.
Pero la gran marca de mi niñez, fue un fortísimo dolor de oído que,
de sólo evocarlo, me "espeluco" de la impresión. Comenzó de a
poquito y se fue multiplicando al punto que mi mamá -no muy dada a
escandalizarse- me agarró y de dos brincos estábamos en la clínica.
Pasé toda la noche con ese dolor pegado que no me dejaba pensar y ya
ni me salían las lágrimas de tanta desproporción.● |
“¡Cuál no sería mi sorpresa al ver a todos mis compañeros llorando a
moco tendido!”
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