![]() |
Tus mujeres vistieron túnicas blancas en la callejuelas,
llevaron ramos de flores de manzano
para las danzas en las plazoletas y en las colinas,
donde alegraron un vasto día.
Roca a roca construyes tus moradas,
y toda unida te levantas como un templo
que pasa del sol a las estrellas
en la brisa plateada de los olivos.
Te circundan niños, labradores, ovejas,
en claras laderas de espigas.
Y con tus pétricos precipios corroídos
y tus cipreses que suenan como oscuros laúdes,
y los almendros que florecen junto al cielo,
y las campanas que dan lumbre metálica al Calvario,
resplandeces en el tiempo como una corona.
Los que aran la tierra entre piedras
y los huesos de milenarios antepasados,
los que cultivan viñas de transparentyes brillos,
los que llevan agua a las huertas
y recogen fresas en canastat de fibras doradas,
los cuidan el naranjo y el limonero
el que lleva su camello por la orilla del crepúsculo,
elevan la mirada hacia tí, Jerusalén,
toda abrigada en tus muros como una herrería,
donde las generaciones,
forjan un candelabro, o un arado,
o la trompeta que suena en las edades.
Cerca de tus torres,
que en el atardecer se miran en el cielo
como en un lago,
me ensimismo con el sol de Dios entre las nubes,
mirando los rabaños
y al pastor de barba blanca
que vuelve a tí su mirada
con fuerte melancolía de profeta.
Yo subo a tí, Jerusalén,
llevado por el oscuro viento de los siglos,
piedra a piedra,
y allí, entre tus muros de hueso carcomido,
en tu noche melódica,
abro tu Libro bajo los relámpagos.