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SANTA RITA DE CASIA:

III. RITA VIUDA

 
 
 
 
    RITA VIUDA

SOLEDAD:


¡Soledad! ¿De que manera se puede expresar todo lo que encierra esta palabra?.
La soledad de un hogar en donde cada objeto casi grita la presencia de personas queridas que ya no existen. su lecho de esposa, el armario con la vestimenta de su marido, sus armas que no le sirvieron de nada la noche de su asesinato. Las botas, el manto... Rita se sienta a mirar aquellas cosas como esperando que vuelvan a la vida. Y el cuarto de los hijos... Aún queda allí su olor y el de los objetos que traían a la casa. El silencio es muy profundo en el hogar de Rita para poder ser soportado. Rita se asoma al umbral de la puerta a mirar el atardecer con los ojos bañados en lágrimas.

 

EL DÍA DEL NO:


Son ya las tres de la tarde y el calor es sofocante. Rita suda abundantemente bajo el velo oscuro de las viudas. Casia está
sumergida en la siesta del mediodía; las chicharras parecen reventar por el afán de cantar. Alrededor hay sol, hojas y polvo.

Se encamina hacia el convento de las Agustinas. Pedirá a la Abadesa que la admita. Ya había tenido otros coloquios con la pero hasta el presente las cosas marchaban mal. En la primera votación seis monjas votaron a favor y seis en contra; en la segunda, siete contrarias, dos a favor, una enferma y dos de viaje. Llegando ya el mes de Julio no sabe todavía si será admitida en el monasterio. Las promesas de la Abadesa eran cada vez más vagas y las oposiciones de la comunidad se hacían más fuertes.

El problema era el de siempre: se teme que la viuda de un Mancini turbe la paz del convento donde hay monjas que pertenecen a
familias enemistadas. Nos encontramos en el año 1406, uno de los períodos más difíciles en la historia de Casia y de Italia.

   
 
   

 

   

Cuántas veces tuvo que tocar al gran portón de madrea?. Ya estaba a punto de irse cuando finalmente se abrió. Pero antes de dejarla pasar; la hermana portera quiso espiarla a través de la ventanilla.


- ¿Dormías? - le pregunto Rita con una pálida sonrisa.
- No; estaba bebiendo un poco de agua - respondió la monja. Perdóname si te he hecho esperar.
- No te preocupes, - respondió Rita. ¿Está en casa la Reverenda Madre?.
- Si, está en el coro. Te está esperando.


¡Qué frescura en los corredores del convento! Las pesadas sandalias de la portera hacen eco bajo los arcos hasta que a través de un estrecho corredor, llegan a la sala del coro. La portera vuelve atrás y deja a Rita inmóvil a la entrada, entre el silencio y el encanto del lugar. La Abadesa está sentada en su escaño y tiene sobre las rodillas el libro de los almos; parece muy absorta en la oración, pues está pidiendo al Señor nada menos que le dé fuerza para decir una vez más aquella humilde viuda "NO podemos aceptarte".

   
 
 
 
   

 

    EL DIA DEL SÍ:


¡Cuántas leyendas ha hecho florecer la devoción popular en torno a la vida de los santos!. Una de las más bellas es aquella que narra cómo Rita fue introducida Milagrosamente al Monasterio de Santa María Magdalena por los tres santos tan queridos por ella: San Agustín, San Juan Bautista y San Nicolás de Tolentino. Se ha dicho que Rita no podía entrar porque las viudas no eran aceptadas en aquel tiempo, pero no es cierto.

La historia de aquel tiempo nos da a entender que la muerte violenta de Fernando, esposo de Rita, era solamente un anillo de una cadena de venganzas. En la atormentada Italia del Medioevo la división entre familias se reflejaba en la división de los políticos en donde asumía proporciones de lucha armada. En Casia esto tenía preocupados a los jefes del pueblo. Rita, convertida en una Mancini mediante el matrimonio con Fernando, había sido incluida en aquella corriente de rivalidad que había envuelto al marido. En el Monasterio, de hecho  había hijas, hermanas y primas de familias enemigas, decididas a obstaculizar el paso a la viuda del orgulloso Fernando.

La Madre Abadesa deseosa de mantener la paz en la Comunidad, no hacía ninguna presión sobre las monjas, las cuales solían expresar su voluntad votando en blanco (sí) o en negro (no). Pero Rita, antes que ser una de los Mancini, era una Lotti e hija de una de las familias más estimadas en Casia. Sus padres habían desempeñado por muchos años la profesión de pacificadores, encargados de poner fin a las contiendas emitiendo fallos obligatorios. Lo que sus padres habían hecho en la ciudad con la aprobación de todos. ¿Por qué Rita no podía hacerlo en el convento?. Por eso San Agustín, San Juan Bautista y San Nicolás de Tolentino no se cansaban de interceder, en el Cielo, para que la futura santa fuese aceptada, en la tierra, entre las monjas de la Orden de San Agustín.

Y cuando la madre Abadesa, después del éxito de la tercera votación, abrió de par en par las puertas del convento a Rita, un presentimiento   le dijo que aquella pequeña mujer traía consigo un gran bagaje de esperanza que transformaría el Monasterio de Santa María Magdalena en  un oasis de paz y en un jardín de gracias. Pero esto no pudo decírselo a la nueva ingresada porque en el momento de abrazarla, un sollozo  bastante fuerte cortó en dos único saludo que lograba darle: "Entra... en el momento del Señor".

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Maracaibo, estado Zulia - Venezuela