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EL DIA DEL SÍ:
¡Cuántas leyendas ha hecho florecer la devoción popular en torno a la vida
de los santos!. Una de las más bellas es aquella que narra cómo Rita fue
introducida Milagrosamente al Monasterio de Santa María Magdalena por los
tres santos tan queridos por ella: San Agustín, San Juan Bautista y San
Nicolás de Tolentino. Se ha dicho que Rita no podía entrar porque las
viudas no eran aceptadas en aquel tiempo, pero no es cierto.
La historia de aquel tiempo nos da a entender que la muerte violenta de
Fernando, esposo de Rita, era solamente un anillo de una cadena de
venganzas. En la atormentada Italia del Medioevo la división entre
familias se reflejaba en la división de los políticos en donde asumía
proporciones de lucha armada. En Casia esto tenía preocupados a los jefes
del pueblo. Rita, convertida en una Mancini mediante el matrimonio con
Fernando, había sido incluida en aquella corriente de rivalidad que había
envuelto al marido. En el Monasterio, de hecho había hijas, hermanas
y primas de familias enemigas, decididas a obstaculizar el paso a la viuda
del orgulloso Fernando.
La Madre Abadesa deseosa de mantener la paz en la Comunidad, no hacía
ninguna presión sobre las monjas, las cuales solían expresar su voluntad
votando en blanco (sí) o en negro (no). Pero Rita, antes que ser una de
los Mancini, era una Lotti e hija de una de las familias más estimadas en
Casia. Sus padres habían desempeñado por muchos años la profesión de
pacificadores, encargados de poner fin a las contiendas emitiendo fallos
obligatorios. Lo que sus padres habían hecho en la ciudad con la
aprobación de todos. ¿Por qué Rita no podía hacerlo en el convento?. Por
eso San Agustín, San Juan Bautista y San Nicolás de Tolentino no se
cansaban de interceder, en el Cielo, para que la futura santa fuese
aceptada, en la tierra, entre las monjas de la Orden de San Agustín.
Y cuando la madre Abadesa, después del éxito de la tercera votación, abrió
de par en par las puertas del convento a Rita, un presentimiento le
dijo que aquella pequeña mujer traía consigo un gran bagaje de esperanza
que transformaría el Monasterio de Santa María Magdalena en un oasis de
paz y en un jardín de gracias. Pero esto no pudo decírselo a la nueva
ingresada porque en el momento de abrazarla, un sollozo bastante fuerte
cortó en dos único saludo que lograba darle: "Entra... en el momento del
Señor".
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