V. LAS FLORECILLAS

 

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1) LA VISITA A LA ENFERMA:

El sol luce radiante en el horizonte, pero el aire de febrero aún es frío. Sor Rita ha terminado de ordenar la celda y atraviesa el  umbral del monasterio apretando los puños de una bolsa de mimbre. Se dirige a casa de María, la mujer del tintorero que estaba enferma desde hacia varias semanas, y aunque ya había superado la etapa crítica de la enfermedad, la pobre mujer no lograba reponerse del todo.

El marido permanece en la puerta esperando: quisiera irse al trabajo.

- Ahora me quedo yo con María, Francisco, le dijo la monja con tono seguro, luego de haberlo saludado. El, visiblemente consolado, se dirige rápidamente a la oficina en donde lo esperan los empleados. Ya en casa Rita se pone a trabajar: llena de agua la caldera grande, aviva el fuego y espera. La enferma parece despertarse solamente ahora, de un sueño más de debilidad que de verdadera necesidad de dormir.

 

   
     

- ¿Cómo está, María?, le pregunta Sor Rita, arreglándose suavemente los cabellos sobre la frente bañada de sudor.


- Bien, Madre... le responde con una voz apenas perceptible.


- Y ahora ¡a bañarse! Y enseguida la monja agarra alegremente el jarro para echar agua caliente en la ponchera.
La enfermera parece renacer bajo las manos de la buena enfermera y puede afrontar con ánimo sereno su larga jornada de convalecencia.

 

   
 
   

     

2) DE GANCHO CON EL BORRACHO:


En Casia anochece pronto en invierno. Los domingos por la tarde es tiempo de descanso para disfrutarlo al máximo.
Algunos se quedan en casa descansando después de una semana de duro trabajo; otros prefieren visitar a los amigos en las aldeas  cercanas; otros, se dan al vino en compañía de amigos para arrancarle al domingo el máximo de provecho que puedan. Hay que salir de la monotonía que representa una semana de trabajo.

Pero hay algunos que, aunque tengan vino, no tienen compañía y entonces "se escapan" antes y al atardecer ya están borrachos.

Precisamente, una tarde del lejano 1437, Rita se encontró con uno de estos borrachitos. Asustada, apuró el paso hacia el Monasterio mientras el borracho, luego de intentar apoyarse en la pared, cayó al suelo pesadamente. Preocupada Rita por esa caída se volvió y se le acercó.

- Una hermana... dijo el hombre abriendo los ojos de par en par, y se echó a reír. Mientras Rita trataba inútilmente de levantarlo, el  borracho cambiaba de humor: de alegre se había vuelto triste:

No te vayas, repetía como un niño llorón.

La noche había avanzado y Rita no se iba. Su amigo había comenzado a contarle desordenadamente su vida: su mujer había muerto, él había perdido el trabajo por el vicio de la bebida, los hijos estaban en Roma y le habían olvidado. Una historia contada entre sollozos que Rita escuchó con amor, animando al pobre hombre como podía. Luego de varios intentos, logró ponerlo con la espalda apoyada a la pared y se sentó a su lado.

Fue así como la encontraron dos hombres que entraban a Casia por la carretera de Nursia. Su tarea había terminado; ellos continuarían aquella obra de misericordia con brazos más fuetes y palabras menos delicadas. Trepando por la callejuela que lleva al Monasterio, Rita pensaba que en la debilidad de los hombres existe con frecuencia la soledad.

EL POBRE:
Se le presentó un día cualquiera. Cuando Rita abrió la puerta del Convento no vio a nadie. Mirando mejor hacia la izquierda, vio a un
hombre acurrucado en las gradas que la miraba con los ojos suplicantes.

- ¿Qué quieres? le preguntó un poco asustada.

- Quiero hablar con la Madre Superiora, Respondió el hombre con un tono que, para vencer la timidez, sonaba imperioso.

 

   
 
   

 - Está afuera, puedes hablar conmigo.

- Necesito diez escudos, añadió aquel con un gesto de angustia; sabía que estaba pidiendo mucho.

- ¿Para qué los necesitas?, preguntó Rita maravillada por el monto de la suma.

- Para comprar una medicina. Tengo a mi hermana enferma y tampoco yo me siento bien... toque aquí mi cuello y se dará Ud. cuenta cómo quema.

Rita se dejó llevar la mano y la acercó a la piel del mendigo, tal vez era fiebre en verdad lo que tenía. Sin prisa, reflexionando bien sobre lo que hacía, Rita metió la mano hasta el fondo del bolsillo del hábito y comenzó a contar lentamente las  monedas de plata de uno a diez. Era el dinero que le habían dado para algunas compras en el mercado... pero venciendo toda duda, lo depositó en las manos de aquel pobre hombre.

¿Qué diría a sus hermanas para justificar aquel gasto? Aún no lo sabía... Pero estaba satisfecha de haberse arriesgado.

 

   
 

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Maracaibo, estado Zulia - Venezuela